martes, 31 de julio de 2012

Diario de Lauren: La fiesta.

Lunes, 16 de noviembre de 2009.


Y allí estaba yo. En una de las muchas fiestas que harían en éste curso. No serviría de nada que fuera la que más participara en todas estas las actividades lúdicas, artísticas, escolares; seguiría sintiéndome sola. 
Por si fuera poco, el DJ empezó a introducir un CD en el reproductor de música. Deseaba con toda mi alma que no fuera una lenta. Una y otra vez me lo decía a mí misma, cerrando mis ojos y cruzando mis dedos: "¡Por favor que no sea lenta!, ¡por favor que no sea lenta!". Nada más oir las primeras notas todos mis pensamientos se disiparon, formando una horrible cara de tristeza que esperaba que no la viera nadie. Yo tampoco me la veía, pero estaba segura de que me preguntarían sobre ella de lo desganada que me sentía. 
Sentada en el banco, viendo como los chicos de mi clase sacaban a sus acompañantes a la pista, y muy raramente ví a un par de chicas como sacaban a sus parejas a bailar. Pude ver, como si de otra isla solitaria se tratase, rodeadas ambas del inmenso mar que forman las parejas bailando, a mi peor pero indudable amiga Ashley. En esos momentos, por mi cuerpo me recorrió un escalofrío y una mala sensación de soledad. ¡No quería sentirme como ella!, pero poco podía hacer. Sentí rabia, pero bajé la cabeza con culpabilidad. De repente, vi una sombra negra parada frente a mi. Era Jake, el ser humano más pesado que jamás había conocido. Alcé la vista hacía él, mis puños sostenían mi barbilla.
- Eh..., ¿quieres bailar?
Me lo dijo como si tuviera miedo de lo que podría contestar y era cuidadoso con las palabras. Y fue precavido, porque no tenía ni pizca de ganas de estar con él. Con nadie más bien.
- ¡Es que no puedes dejarme en paz! -grité-.
Me levanté y sin girarme, fui a sentarme a otro lado; pero volví a alzar la vista hacía aquella isla que aún seguía sola. Lo poco que me gustaba estar allí y la rabia que tenía se transformaron en sentimientos de victoria tras ver a aquel despojo humano, por lo que me levanté chulescamente y busqué al único ser móvil que se atrevió a acercarse a mí. En cuanto me sumergí en ese mar de gentes, le localicé, le cogí y nos acercamos (lo suficientemente como para bailar un lento). Entonces él, bastante impresionado pero satisfecho de su situación, agarró mi cintura, yo rodeé su cuello y empezamos a bailar. 
La verdad es que él no es mucho más alto que la mayoría de los chicos. Eso sí, me sacaba casi una cabeza y sus labios están a la altura de mi frente. En un acto de curiosidad, alcé la cabeza y nuestros labios quedaron a unos 3 ó 4 centímetros de distancia.

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